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Dulce despertar

No voy tan cansada por la vida,
pese a escuchar mil tonterías.
Si en el fondo lo que quiero
son tus risas y tus juegos
al asomar el sol por la ventana.
Cada mañana de cada día
veinte veces te comería
a pequeños mordisquitos
sin dejarme ni un huequito
sin probar de tu pastel.

 

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No me entierren

Si pese a todo no van a amarme
que no me entierren, no pasa nada.
No quiero un suelo donde llorarme.

Que quede el polvo, cenizas al viento,
si mi memoria en sus recuerdos
es como el eco en el desierto.

Que no me entierren, que no lo quiero,
porque si efímera me fue la vida
más leve aún será mi cuerpo.

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Yo voy

Y me dices ven y yo voy,
como una luz, como un río,
incontenible.
Como si el mañana tuviera
colores de atardecer.
Como si nada de lo perdido
hubiera podido ser.
Como si al final todo comenzara
de nuevo, como un principio.
Y me dices ven.

Y yo voy.

 


Ya lo he dicho.

No duerme nadie por el cielo. Nadie, nadie.
No duerme nadie.
Pero si alguien cierra los ojos,
¡azotadlo, hijos míos, azotadlo!
Haya un panorama de ojos abiertos
y amargas llagas encendidas.
No duerme nadie por el mundo. Nadie, nadie.
Ya lo he dicho.
No duerme nadie.
Pero si alguien tiene por la noche exceso de musgo en las sienes,
abrid los escotillones para que vea bajo la luna
las copas falsas, el veneno y la calavera de los teatros.

GARCÍA LORCA, F., Poeta en Nueva York (1940)

http://luzetrotaversos.blogspot.com.es/2010/08/no-duerme-nadie.html


Vi que estabas…

Volví la frente: Estabas. Estuviste

esperándome siempre.
Detrás de una palabra
maravillosa, siempre.

Abres y cierras, suave, el cielo.
Como esperándote, amanece.
Cedes la luz, mueves la brisa
de los atardeceres.

Volví a la vida; vi que estabas
tejiendo, destejiendo siempre.
Silenciosa, tejiendo
(tarde es, amor, ya tarde y peligroso.)
y destejiendo nieve…

Blas de Otero


Mutando de nuevo.

Tengo la primavera alterando biorritmos.

Descompensando los tiempos.

Tengo la piel mutando de nuevo,

perdiendo escamas, ardiendo…ardiendo.

Por no alcanzar todo lo que me pide el cuerpo,

me crujen los huesos.

Tal vez crujen de las primaveras que acumulan,

pero no cejo

de buscar cobijo entre tus huecos,

de asaltarte desde mis sombras,

de reírme de que puedas, algunos días turbios,

aguantar a pie firme mis vientos.

Tengo la piel mutando de nuevo,

transpirando letras, ardiendo…ardiendo.

Necesito que refresques con tus nubes el cielo,

necesito más noches,

necesito más tiempo…

Tengo las risas saltando del pecho,

tengo tus horas borrando mis ceños.

Me piden los huesos,

tu fuego,

mi fuego.



No hay tiempo para versos.

No tenemos tiempo para versos, ha muerto la poesía”, me dices.

Me da igual la poesía, realmente. Si riman mis letras es por inercia,
ni lo pienso, ni lo pretendo, ni lo busco.
Lo único que necesito es ritmo. Silencios.
Ritmo.
Ruido.
Ritmo…
Que vayas y que vengas para que tu onda se acople a la mía.
Ese golpear de tu mundo y el mío.
Esa colisión.
Y entonces…
Entonces no puedes decirme que no existe poesía.

Porque la poesía no son rimas ni versos, y lo sabes.

Las sombras que dibujan nuestros cuerpos, son poesía.
La humedad que desprende la piel ardiendo. El sueño.
Incluso este invierno,
es poesía.